Algunos piensan que podemos prepararnos para lo inevitable. Yo pensé que lo estaba… pero no fue así.
Maiah, mi princesita peluda, ya no está conmigo. He llorado tanto.
Desde pequeña sabía que amar tanto a los animalitos me traería problemas, porque cada vez que llega la hora de decirles adiós, pedacitos de mi corazón se van con ellos. Y esta vez no fue diferente. Maiah se fue, y con ella un GRAN pedazo de mi corazón.
Ella fue una excelente perri‑hija: amorosa, chistosa, mandona, chic, amante de las galletitas… aunque demasiado, diría yo. Le encantaba dormir en las cajas donde venían nuestros paquetes de Amazon. Tenía una camita muy cómoda, pero por alguna razón era feliz durmiendo en esas cajas de cartón. También le gustaba dormir sobre bolsas plásticas, en la canasta de ropa sucia que iba a lavar… pero yo sabía que su lugar favorito era la falda de su mamá.
Maiah luchó tanto por su salud. Recuerdo aquel susto grande durante la pandemia, cuando pensamos que la perderíamos. Algo en mí dijo que no era su momento, que había Maiah para rato. Y así fue: superó ese obstáculo y duró varios años más.
Siempre amó salir afuera y disfrutar aire fresco. Le daba mucha paz. Miraba las flores y las abejitas, se acostaba y podía quedarse un rato contemplándolas. A veces arrancaba algunas florecitas y se las ponía en su cabecita; se veía tan bonita. Con el tiempo perdió su visión, y fue un momento bien difícil para ella. Imagino lo fuerte que debe ser pasar de ver la vida en colores a oscuridad… pero nosotros fuimos sus ojos. Le enseñamos por dónde caminar y no cambiábamos las cosas de lugar para que pudiera moverse sin tropezar tanto.
Cuando perdió la vista, comencé a describirle el mundo alrededor, especialmente en las mañanas: “Maiah, hoy es un día hermoso y está muy soleado. Hay muchas florecitas y abejitas…” Yo sé que ella agradecía ese momento y todos los demás.
Estoy agradecida de que Dios me dejó disfrutarla por quince años y medio.
Su salud se fue deteriorando poco a poco. Dentro de su vejez y cansancio, le pedí que aguantara un poquito más para que mami viniera de Puerto Rico y se despidiera de ella. Mi mamá vino, y a Dios gracias Maiah seguía dando su lucha, aunque sabíamos que su partida estaba cerca.
Días después le pedí que aguantara un poquito más para mi cumpleaños. Quería celebrarlo con ella… aunque más bien era mi excusa de “no te vayas, no estoy preparada”. Y entonces, en mi cumpleaños, tan pronto el reloj marcó las 12:00 am, mi familia me cantó “Happy Birthday” y juntos celebramos mi día especial. Nos tomamos fotos todos, incluyendo con nuestros perritos. Disfrutamos y reímos tanto. Nos fuimos a dormir bien tarde, y la verdad no quería dormirme, porque tenía miedo de despertar y ver que ya Maiah no estaba.
Al levantarme fui rápido a verla. Pero ya se veía muy cansada. No quería comer nada, ni siquiera sus galletitas.
Siempre le dije a mi familia que el día que Maiah ya no quisiera sus galletitas sería su manera de dejarnos saber que se iba. Y así fue.
Me armé de valor y le dije a mi esposo que ya no quería que Maiah sufriera. Ese día dediqué unos minutos para estar con ella: abrazarla, acariciarla, darle besitos, hablarle… dejarle saber cuánto la amaba y cuánto la iba a extrañar. Salimos afuera y le describí por última vez el día. Le dije que estaba hermoso, que había muchas florecitas. Arranqué varias y se las puse. Se veía tan hermosa.
Algo que me llamó la atención fue que el día antes, cuando la saqué a pasear, vi una única flor color violeta, muy linda. Más tarde ese día ya no la vi, quizás porque los niños jugando la habían aplastado. Pero ese día, recogiendo florecitas para despedirla, allí estaba la flor: viva e intacta. Me impresionó mucho y me trajo alegría.
Mi cumpleaños se convirtió en un día que jamás olvidaré. Comenzó en alegría, cambió en tristeza, y aun así terminó en agradecimiento.
Viví muchas experiencias junto a Maiah y su padre Locky, quien murió hace casi diez años. Ambos desfilaron en mi boda y jamás olvidaré todo el amor que me dieron por tantos años, en tiempos de alegría y también de tristeza. Ahora me queda cuidar de Rocky, quien llegó a nuestras vidas después de que Locky partió.
Rocky es un perrito tan gracioso y bueno. Desde que llegó siempre fue el mejor amigo de Maiah. Tuvieron muchas aventuras juntos, viajaron, compartieron todo. Maiah se comía su comida y sus galletitas, y aun así él la quería. Yo sé que Rocky debe extrañarla mucho.
Duele, sí. Mucho. El vacío que dejan nuestros animalitos es grande, pero la bendición de su presencia deja una huella para siempre en nuestro corazón.
Jamás olvidaré a mi Maiah. Siempre estaré agradecida a Dios por haberme regalado una princesita peluda tan hermosa, curiosa, chic y amorosa.


